abril 06, 2012

La niñez de Jesús... El mortal que crece.

En nombre de la libertad mental, para romper las cadenas de los opresores religiosos:
DECIDLE LA VERDAD A LOS NIÑOS! 
Los dioses no existen...
No hay milagros, solo carnal esperanza, poca bondad y mucha maldad...
Quienes si existen, son las criaturas que, con fe y devoción le cantan y alaban, porque son esclavizadas de mente y cuerpo, aún antes de dar su primer bocanada de aire; quizá por lo duro que presiente el mundo, los recien nacidos le recibimos a gritos o llanto... Que se sufra menos.
Escrito por Esteban Guinios/Uncrewdibler en Noviembre 14, 2006 02:34 PM, en tareas de infiltración a los foros boylover, cuando todos los infectos creyeron en un poeta ilustre, inspirado y aparecido de la nada apodado Thimberland...
Años después, Cuanto daño se les hizo... Tardan demasiado las autoridades.
La historia de Jesús desde su nacimiento hasta los doce años, es tan vaga como su enigmática desaparición de las sagradas escrituras desde que se encontraba en el templo en Jerusalén con los doctos sabios, a los doce años de edad y su nueva aparición cerca e cumplir los treinta años, fecha en que fue bautizado por Juan, según las escrituras.
Pero, que fue de este pequeño que despertó tantísima admiración dentro de su pueblo y que sus padres pretendieron ocultar?
Una parte de la historia sagrada dice que creció junto a sus padres hasta que encontró la sabiduría total. Como se encuentra la total sabiduría estando más de 15 años con los mismos doctos sabios de siempre?
Por ello, presumo que la historia de Jesús va más allá de la simpleza de explicación que se encuentra en los libros “sagrados”. Siendo que fue un gran personaje, acaso mitificado y convertido en mártir, Jesús fue un niño de lo más corriente que existió en su época, con las mismas curiosidades, aventuras, historias y anécdotas de los niños que desde siempre han existido. El caso de Jesús es un tanto particular, ya que su inteligencia era la de un chico genial, apreciado y admirado por todos, pero sin la menor pizca de orgullo o vanidad por sus dotes.
Como ya sabemos su historia (vaga) desde su nacimiento hasta los doce añitos, me ocuparé de contarles, de acuerdo a escritos encontrados en bibliotecas y libros manuscritos bastante antiguos a los que pude acceder hace mucho años en una gran biblioteca de mi ciudad, además de los datos recopilados gracias a la magia de la tecnología, que pone en nuestras manos un elemento tan valioso como el internet, el cual permite encontrar datos en distintos idiomas, poder traducirlos casi a la velocidad de la luz, mapas y todo tipo de detalles que solo con pulsar una tecla nos dejan tan asombrados como cuando encontramos la fotografía del cuerpo desnudo de un chico de 12 años, en todo su esplendor y belleza… Como el cuerpo de Jesús cuando cumplió esos mismos años y desapareció de la historia, hasta mucho tiempo después.
Es así, como María y José, un poco descuidados y dejando a la Divina Providencia la labor del cuidado del niño, lo dejan en Jerusalén pernotando, perdido durante tres días, tres días que estuvo junto a los Doctos Sabios, escuchando y aprendiendo de ellos, hasta saciarse y dejarlos exhaustos y demostrarles que no sabían tanto como ellos decían. Se asombraron José y María, pero la respuesta del niño los dejó pasmados, así que nunca más volvieron a preguntarle nada de sus desapariciones. Tanto así que se perdió de ellos por largos años, hasta aparecer después en su propio bautizo, 18 años después de ese día, oculto para los escribas y fariseos y contado por un amigo.
Pero que pasó en realidad?
Veamos. Simeón que fue un gran personaje fue de los primeros que se percato de la belleza tanto física como espiritual de Jesús, pero también fue le primero que sembró la duda en la mente perspicaz y curiosa de tan inteligente infante. El, Simeón fue quien le dijo a Jesús que su padre no era José, con lo cual sembró una duda que llevó al pequeño a averiguar por su parte acerca de este insuceso y es que a quien no le preocupa saber que su padre no es ese quien lo ha criado, bien o mal, viviendo del oficio de la carpintería?
Consulta pues Jesús a una anciana que todo lo sabía por esas tierras, de nombre Ana, quien también presintió de la especialidad mental de este niño prodigio, ella le termina de confirmar y ante la insistencia del chico, quien a punto de estallar en llanto le ruega que le confiese quien es su verdadero padre, y quien no se fascinaría con las lágrimas de un tierno ser que dicen, tiene en sus espaldas tamaña misión de salvar al mundo? Imaginan sus lágrimas? quien podría resistírsele?
En fin, Ana, como dije se llama la anciana, quien conoce perfectamente todo lo que se sabe de la sagrada familia. Ella es quien le dice a Jesús que su padre puede ser un tal Judas de Gamala, que era insurrecto de Roma… No alcanzó bien la mujer a terminar de explicarle que el espíritu santo había engendrado su ser en María su madre, a la carrera de Jesús, no le pudo alcanzar siquiera a decir - espera… Al siguiente día partió la familia, José, María y el niño preciado a Jerusalén desde Nazareth, donde cada año asistían a la ceremonia de Pascua. Jesús iba cabizbajo, su madre pregunta porque, a lo cual responde que quiere saber quien es su padre verdadero. En una charla un tanto larga y tediosa, tratando de explicarle a un genio cosa tan sencilla, empeoraron la situación, pues le dice María que quiere hablar a solas con el niño, José se siente apenado… María le dice a Jesús que es hijo del espíritu santo y ahí si entró el pequeño en una depresión peor…
Pero imaginen, primero le dicen que no es hijo de José, luego que es hijo de un tal Judas de Gamala y para colmo de males su madre le dice que es hijo de otro, del espíritu santo… Todo el viaje fue silencioso de ahí en adelante…
Al llegar a Jerusalén, el niño se pasea solo por la ciudad, a veces no comprende su adelantada inteligencia y piensa para que le puede servir.
Conoce algunos niños de una aldea que también viajaron a la fiesta de pascua, juega con ellos, asiste tardío a las ceremonias, pero no se priva de sonrisas aprovechando cada momento para aprender de sus nuevos amiguitos y separarse de la rigidez de la educación religiosa de sus padres tutores.
Esa primera noche, duerme en casa de un niño, de trece años llamado Josué, hijo de un Samael.
Tendidos en el piso de arena del jardín de la casa de su anfitrión, en una estera, Jesús pasa la noche por primera vez lejos de sus padres y familia. Observa el cielo completamente lleno de estrellas, juega con Josué a adivinar cual es cada una de ellas, ponen miles de nombres, a la luna la bautizan con Helena, al sol con Ah Salón… Ríen, se tocan y empujan suavemente, Jesús jamás había sentido nada diferente por nadie que no fueran sus padres, dado que ellos le repetían continuamente que no debería distraerse de sus actividades de aprendizaje, si es que se le puede llamar aprendizaje a la carrera de la vida para lograr una muerte tan indigna y triste como la de la crucifixión, siendo inocente que es aun peor.
Ya bien entrada la noche, se toman de las manos y duermen tranquilamente como dos verdaderos seres que se quieren, aun recién conocidos. Y maría? Y José? En los templos, sacrificando tórtolas y palomas y quizá corderos y hablando bien de su hijo, pero sin saber de su paradero…
Es más de media noche, el frío del jardín obliga a estar más cerca sus cuerpos, cubiertos por unas delgadas túnica de lino, sucias y cubiertas de arena, son llevados dentro de la casa por el padre de Josué. Al otro día despierta el alba, cantan las aves y la bulla del pueblo empieza. Jesús se levanta, mira por la ventana de la gruesa pared y divisa las gentes en peregrinaje hacia el templo. Se sienta al lado de Josué, lo observa, acaricia su cabello largo y negro, observa detenidamente sus labios, los toca, les da vida, se acerca y susurra algo a su oído. El niño despierta, sonríe y sus ojitos restriega, se sienta y abraza a Jesús. Juntan sus cabezas y sonríen con sinceridad. Van al patio donde ambos graciosamente se disponen a orinar, cada uno cubriendo su intimidad. Se miran y sonríen sin ninguna maldad. Sacuden ágilmente y corren a un pequeño pozo de donde sacan agua para lavarse la cara, Josué le explica que el cuerpo se lo bañan cuando van al oasis que queda distante del pueblo. Para el diario correr de los días solo se bañan la cara o beben, para eso es el agua del pozo. Jesús le pregunta si pueden ir al oasis. Josué presuroso le toma de la mano y corren a cumplir su sueño de jugar como pequeños, esta vez en el agua pura del desierto, tan escasa y tan apreciada. Se diría que sagrada.
Llegados al oasis se desprenden de sus túnicas, hay que ver la belleza de los cuerpos de los infantes acostumbrados a cubrir íntegra su humanidad, por vergüenza de otros tiempos, que pesar tanta belleza sin admirar, como esperando un ser terreno que se apodere de su energía inexplicable.
Van entrando en el oasis, dos palmas gigantescas que hacen de portón de entrada al pozo, bastante grande, de aguas más transparentes que el aire, frescas, resplandecientes y es que cuando los niños la lanzan por los aires alegremente, se forma un arco iris como indicando el tesoro tan espectacular que se halla al final de ese cúpula interminable de colores.

Sus cuerpos, arqueados, ya balancean para atrás, ya para adelante sacando manotadas de agua que se lanzan entre sí, están tan solos, tan íntimamente solitarios que no se han dado cuenta que el resto de las humanidades de los pueblos aledaños han ido a la ceremonia de Pascua. Pero disfrutan las horas, la alegría que experimenta el niño Jesús, es algo que nunca olvidaría, tal vez por eso después serían por ello los niños, la predilección de su vida
Se detienen, se miran fijamente a los ojos, son niños Judíos, cabellos oscuros, largos en rizos, demasiadamente hermosos, que brillan con luz propia, ojos claros los de Jesús, contrastan con la superficie del agua, tan cristalina, los de Josué, negros, muy oscuros, con una señal inequívoca de quien ama profundamente la vida; las piernas de Josué, bien formadas, andando detrás de las cabras y caminando diariamente tantos trayectos cargando el agua del consumo diario, la fuerza del trabajo se refleja en el cuerpo de este niño, de glúteos perfectos, abdomen delgado y esbelto, del color de las arenas del desierto, su delgado cuello y las facciones de un viso árabe descomplicado, dentadura blanca y una sonrisa que seduciría a los dioses… Jesús, un poco más pequeño, con los bracitos más desarrollados que los de Josué, quizá por la ayuda que presta a su padre en la carpintería, no tiene tan desarrollado el cuerpo y frente a Josué se diría que parece un tanto frágil, delicado; pero igualmente esbelto, al correr entre el agua menea su cabeza y el cabello se le pega a la piel, le da un matiz espectacular, negro, combinado en degradado hasta llegar a su vientre bien formado del color de las arenas igualmente, amarillo tostado; el pubis musculoso brilla a medida que entra y sale en cada brinco del agua, se detiene y observa a Josué, parece la guerra de dos dioses enfrentados por el trono de la belleza masculina en sus primeros cambios.
Ahora se acercan, despacio, acariciando la superficie del agua clara, que no se espanta sino más bien rueda graciosa por las pieles santas.
Quedan frente a frente, se miran los ojos, los labios, el pecho, el vientre…
No dicen nada, simplemente observan. Cierran instintivamente sus ojos, pienso que puede ser porque sin usar palabras por iniciativa del Nazareno, se comunican mentalmente para conocerse. Sus manos se tocan suavemente, se guían por sus rostros, es como si intentaran conocerse los poros, las hendiduras y pequeñas cicatrices que surcan sus pieles. Sonríen sin abrir sus ojos, cada uno lleva la mano de su amigo por los senderos de su cuerpo, sin inmutarse, mientras su mano libre cubre lo que les es prohibido mostrar, pero no tapándolo de la mirada del otro, sino conociendo su propio palpitar…
Y penetran en el agua, se hunden, sienten tan cerca sus cuerpos que pareciera que del agua florecen nuevos colores, el cielo se ilumina de una manera especial y beben el agua del manantial para hacerse puros.
Ya, tiempo después, saciados del líquido vital, cubren sus cuerpos con las túnicas que secaban en un cercano corral abandonado. No usan interiores ni nada parecido, la misma túnica cubre por medio de sus piernas y les atrapa los genitales para protegerlos de las arenas o de algún insecto, prensan a la cintura con un nudo y corren presurosos al pueblo para la participación de la Pascua.
Ahora son inseparables. Y esa amistad es la que la historia quiere ocultar.
Josué, un poco más maduro físicamente, enseña algunos trucos a su amiguito Jesús, ávido de aprender más de los niños que de los adultos, a quienes puede instruir perfectamente, pero que son tan de volátil parecer, que hace difícil la tarea de cambiarles espiritualmente, cosa que con los niños no es problema, pues están siempre tan dispuestos al afecto, al amor y al buen tratamiento que suelen entregarse sin demora a quien de verdad se muestre atento con sus poquísimas necesidades de curiosos y sinceros.
Después de los tres días perdidos de Jesús, ya podrán mis apreciados lectores imaginarse con quien disfrutó más Jesús su días en Jerusalén, si con los doctos sabios o con su amigo Josué.
Jesús y Josué entonces durante varios días disfrutan de la claridad y la frescura del manantial del oasis, siendo siempre acaso casual la estancia de un curioso de túnica fina, coincidente en los paseos de los niños, prácticamente a todos los lugares. Tal vez vigilantes.
Unos ojos discretos y más bien extraños, de un rostro casi cubierto por la túnica muy fina acompañado de varios jinetes les observa detenidamente.
Y es que hace buen tiempo, en una ciudad de gran importancia, a muchas lunas e allí se gestaba un plagio para el bien de la humanidad. Si, tenía que ver profundamente con la vida de Jesús. Y es que las noticias vuelan. Ocurrió que en la ciudad más importante del mundo por esos años, Roma, que se cubría de emperadores y gladiadores y espectáculos en sus arenas, ocurrió que Augusto, el gran emperador, le dio por hacer un trato con un tal Arminto, un Germano que era muy rebelde y se había tornado en héroe que no permitía la entrada del imperio en la zona norte de Europa de esos años. Mándalo llamara El buen Augusto y le propone dejar en paz a su pueblo si cumple con una condición bien importante pero igualmente arriesgada.
Cuéntale Augusto a Arminto, que existe en Jerusalén un rumor de la visita de un niño de Nazareth con poderes especiales, que es hijo de un rebelde que el tenía por amigo (aquí se refiere al insurrecto Judas de Gamala, supuesto padre de Jesús), al cual quiere castigar robándole a su hijo dotado de gran inteligencia.
Después de algunas discusiones y la firma de algún tratado, se queda definitivamente la decisión en santa palabra comprometida. Arminto traerá al trono Romano al niño, de nombre Jesús y Augusto dejará en paz al pueblo germano para siempre. Pero tras de esto, Augusto presumía la imposibilidad de Arminto y así se valdría de la ruptura del trato para poder invadir las tierras del ahora su compinche en el sagrado secuestro.

Parte Arminto desde Roma, atraviesa Italia hasta Bari, se adentra en el Mar Adriático, surca el Mediterráneo con una legión que el mismo Augusto le proveyera; son demasiadas noches y días, que el Germano no está acostumbrado, poco está de sospechar las intenciones de Augusto, aún así, este hombre de corazón bueno y justo, no defraudará a su pueblo, y luchará con su vida por liberarlo para siempre de la amenaza del Romano imperio.
Al cabo de algunos meses, llega por fin a Jerusalén, está disminuido físicamente por la travesía, pero para su fortuna, encuentra que ha llegado casi exactamente para la fecha de la pascua, así que ahorrará su viaje a Nazareth porque el pequeño Jesús, el niño que dicen salvador y que el aún no lo sabe, se encuentra en la principal de Israel, pocos saben que jugando con Josué.

Arminto asiste a las ceremonias de Pascua, su piel curtida por la travesía le da un aspecto de creyente de esas zonas. Se da a la tarea de conseguir información sobre el pequeño niño, sin ser un hombre de mal espíritu, piensa empacarlo como fardo en un barco que les aguarda bien cerca de la ciudad de Gaza.
Y llegado el día señalado por Arminto, esperan que los niños se desnuden, jueguen con sus juegos casi sagrados dentro el oasis, les hurtan sus ropas que solían enjuagar y dejar en el corral abandonado. Se acercan a los chicos, montados en sus caballos de gran talla…
Los niños se miran desorientados, son épocas de confianza, pero esto es raro. El hombre de hablar extraño los llama con una seña. Sienten vergüenza de su desnudez y se tapan sus cuerpos con las manos lo que más pueden, sus cabellos ensortijados les cuelgan por la frente, le ruedan por los hombros, cubren sus ojitos inocentes, Arminto se deslumbra ante tanta belleza. No dice palabra alguna, observa. En sus tierras natales jamás ha visto cuerpos más esculturales, de pieles tan perfectas y rasgos tan delgados pero fuertes…
Les ordena a sus hombres interrogarlos, a ver cual de los dos es el niño en el cual cometerá el plagio. Pero ninguno de los dos habla… Se apea de su caballo, limpia el rostro de Josué de sus cabellos negros y trata de asustarlo con su mirada de guerrero. Jesús toma de la mano a su amiguito y dejan descubierto parte de sus cuerpos de niños.
Arminto no puede perder más tiempo, solo lleva un caballo disponible, pero piensa que es perfecto para llevar a los dos pequeños, así no habrá dudas y le entregará a Augusto con creces sus deudas de compromiso. Ordena a sus hombres que cubran a los niños con un par de togas romanas, de las propias que llevan los tribunos, de perfectos cortes y telas finas, como sabiendo de quien es que se trata. Antes de las togas, mediante una manta delgada, meten por entre sus piernas y cubren sus genitales, echando hacia los costados de sus caderas y terminando en un pliegue disimulado por el frente. Los niños se miran entre si, se sienten tal vez importantes, con sus manos en los costados siendo vestidos por sirvientes que son tan delicados con sus pieles que casi ni los rozan. Quedan enfundados los pequeños en las togas, les cubren sus cabezas con parte de la tela de color blanco impecable, los suben en el único caballo y parten con rumbo contrario a Jerusalén. No hay palabras, no hay preguntas, los caballos raudos en carrera por horas atraviesan un pequeño desierto y dos praderas, antes de detenerse, para que los jinetes comer algunas viandas y los caballos beban agua y cenen.
Los pequeños se miran, están algo asustados, pero en sus corazones extrañamente reina una calma como aguardada. Uno de los sirvientes del hombre de facciones diferentes a los de los habitantes del desierto les pregunta en su idioma si desean beber vino o agua. Josué se adelanta, pícaramente arrebata el vino y toma un largo trago, pasa la vasija a Jesús, quien un tanto temeroso, imita a su amiguito y bebe feliz, dejando que un hilito de vino ruede por la comisura de sus labios. Josué se apresura a limpiarla con sus dedos, siente un halo extraño y abre sus ojos desmesuradamente cuando observa que la delgada línea de vino que se deslizaba por la boca de su amigo desaparece. Josué se mira los dedos delgados, la manchita de vino que alcanzó a quedar en su dedo índice, se ha tornado de color brillante, se la lleva a la boca y degusta, su aroma es de miel y el sabor es de agua de los más exclusivos manantiales. Nunca había tenido en su boca almíbar similar, nunca lo volvería a saborear, era la esencia de algo especial, la esencia del amor, la deliciosa felicidad.
Terminan la merienda de jinetes y corceles, de nuevo se hacen al galope, en una villa lejana después de dos días de travesía, los niños están demasiado cansados y tienen ardida la entrepierna. Allí se quedan en una tienda improvisada, cerca de una vereda. Al atardecer traen a una mujer pequeña de tez blanca, con algunos remedios en su mochila. Aplica ungüentos a los pequeños para aliviar las heridas de las escaldaduras, hay que ver sus quejidos, ambos bocabajo con las piernas separadas, casi llorando por el ardor de sus heridas, glúteos algo inflamados y rojos de la rutina del día cabalgando.
Duermen así, a la luz de la luna, con sus nalgas hacia el cielo. Cansados y tendidos en esteras cubiertas por telas suaves que llevan los viajeros. No preguntan nada, el cansancio no los deja. Se levantan al despuntar el alba, visten de nuevo sus trajes, la tela de la entrepierna impregnada de unas yerbas y algunas pomadas y de nuevo la toga romana. Se acomodan los cabellos, suben a las bestias y de nuevo al galope, parejo, salen en la mañana, con el sol a sus espaldas. El rítmico andar de los caballos, le da un especial toque al par de chicos, que en cadencias moderadas y propias de grandes guerreros parece que fueran un solo cuerpo en su corcel ajeno.
Llegan por fin a Gaza, dejan los caballos en un establo, se dirigen a un puerto cercano en una carreta que Arminto contratara.
Ya en el puerto, Arminto llama al nativo, le da instrucciones que les comunica a los chicos.
Entre otras, que no intenten escapar a ningún lado, cosa que los chicos no harían, si se les viera, podría decirse que era lo que estaban anhelando, aventuras y algunas cicatrices que sus vidas emocionaran. Que si alguien preguntaba dijeran que son sus hijos, los de Arminto claro! Se hacen a la mar en una embarcación de mediano calado. Los niños nunca han navegado, así que esta aventura se pone demasiado interesante para los dos.
Y zarpan, la emoción de los niños es inigualable, así como su mareo y malestar. La palidez pronto cubre sus rostros y lo comido en el día se devuelve al mar en bocanadas escandalosas y llanto, pidiendo ayuda a su dios por la osadía de haberse dejado llevar sin decir nada. Se apiada Arminto, les da aliento en su idioma. Una mujer que se percata del insuceso se acerca, le dice al Germano que ella habla el idioma de los niños, así que los asiste y les consuela.
Ya las noches y días transcurridos, los niños disfrutan del viaje por el mar, ven delfines, tortugas gigantes, pescan peces rosados de deliciosos sabores con unas redes, conocen por primera vez una especie de baño, en donde pueden poner el trasero cómodamente para poder dejar salir sus heces, un sitio colocado en la popa de la embarcación, donde directamente caen al mar los sobrantes de sus cuerpos. Se divierten, creo que mejor secuestro no ha habido en la humanidad.
Han aprendido algo del idioma del germano, además de prepararlos en el idioma de los romanos, que es al sitio donde irán, para cumplir con el negocio de Augusto y Arminto, a Roma, la ciudad más importante de todos los imperios en esa época de la humanidad.
Llegan a Alejandría después de muchos días, desembarcan y suben a un nuevo navío, más grande, irá directo a Roma, sin otra escala que Atenas, solo toman provisiones y de nuevo al mar.
Se divierten los muchachos, aprenden mucho más, uno del otro y de su amigo nuevo que de secuestrador pasó a ser su protector y consejero. Aprenden tácticas de guerra cuerpo a cuerpo, de asaltos a poblaciones, escuchan cuentos de terror realizados por las guerras de los imperios, lloran se ríen, pero aprenden. A veces en las noches, los pequeños duermen profundamente al lado e Arminto, el los abraza paternalmente, acaso arrepentido de haberlos separado de sus seres más queridos, pero ve a los niños tan felices que cree también que fue bueno haberlos conocido, así hubiese sido en estas circunstancias.
Escuchan también atentos los pequeños mientras su protector duerme, a los pilotos de las naves, como hablan del firmamento, de monstruos y beldades de los mares. Ríen, se divierten los pequeños.
Muchos días después, quizá meses, llegan a Atenas. Se surten de víveres, los niños observan desde la cubierta del barco la belleza de esta ciudad pero no descienden, su improvisado maestro explica lo que conoce de esos lares, lo que ha escuchado porque más bien sus tierras quedan al norte exacto de donde se encuentran, a muchas lunas y muchos soles. Zarpa la nave rumbo a Italia, por el Egeo y luego el Mar Jónico, su próximo puerto: Bari. Allí lo esperará una comisión, que lleva varios meses aguardando el plazo para que Arminto impida la invasión de Augusto a las tierras de sus pueblos, los germánicos.
Llegan a Bari en la madrugada. El barco es esperado por gendarmes romanos. No saben que la “carga” humana que llevan para Augusto, sería luego tan importante para la humanidad. Arminto, busca a los romanos, se entrevista con ellos, entrega a los niños y se va al pueblo a descansar su travesía de meses. Los romanos envían entonces a un mensajero a Roma para que comunique presuroso de la llegada del pequeño y así impedir la invasión de los romanos hacia los pueblos Germanos del buen Arminto. Los niños ni siquiera se alcanzan a despedir de el, cuando son estrujados por los romanos. Jesús mira a Josué, ambos están descontrolados, jamás nadie de esa forma les había tratado. Permanecen varios días con sus noches en una pensión de Bari, vigilados por los romanos, quienes solamente beben y tragan esperando una recua de bestias que les será suministrada para atravesar los Apeninos y dirigirse a Nápoles, donde se embarcaran con rumbo definitivo a Roma.
Pero, en la cabeza de Arminto, ruedan descontroladas las carcajadas de los pequeños en contraste con sus ojos de auxilio al entregarlos a los despiadados guardias romanos.
Decide entonces visitar la pensión donde tienen a los pequeños, llevan dos días aguantando hambre, solo les suministran agua, no duermen bien y los romanos borrachos han estado acariciándolos morbosamente. Están atados por los pies a unas trancas enterradas en el frío piso. Arminto llega y encuentra este triste espectáculo. Los niños se le abalanzan como fieras enjauladas pidiendo ayuda a gritos, sus ojitos están surcados por granes círculos opacos, por falta de sueño y buen abrigo, tosen roncamente. De las togas blancas, ahora solo tiene trapos raídos, mordisqueados por las ratas, al igual que algunos de los dedos de sus pies descalzos, llenos de sucio y tierra.
Los desata, el hombre, acostumbrado a llorar lágrimas de sangre por su pueblo y a ver caídos a sus familias y vecinos en sangrientas batallas, ahora está muy ofendido. Pero los guardas han llegado! Son cuatro, gigantescos y borrachos.
Hace señales a los chicos para que simulen que están durmiendo y se esconde en un rincón de la guarida fría y sucia destinada a los chicos.
Uno de los guardias penetra en el cuarto, manosea a Josué, le raspa su rostro virginal y puro que está sucio y ha perdido algo de su lozanía, el niño se asquea y llora, el romano le atrapa las manos y trata de despojarle de su toga raída… Se escucha un silbido fino, como cuando se degüella un cordero, un gemido y el romano cae pesadamente al suelo envuelto en una charca de sangre…
Arminto tapa la boca de los niños para que no griten y alerten a los otros borrachos romanos, sería la muerte y sufrimiento, el delito cometido al asesinar a un romano se paga con la muerte en sufrimiento.
Los arroja por una ventana a un patio que sirve de basurero y demora un instante en reunirse con ellos. Salta y se apresura a alejarlos de allí! De repente un montón de llamas empieza a consumir la caseta de los romanos y los gritos de muerte se escuchan desde el lugar, Arminto, Jesús y su amiguito corren a esconderse en una choza que usa el Germano para descansar antes de partir a sus tierras. Allí, les da alimento, los baña, los cuida durante varios días, el dictamen de las autoridades romanas, es que los gendarmes perecieron consumidos totalmente por el fuego, junto a dos niños que cuidaban, ebrios perecieron junto a sus acompañantes que no se sabe de donde eran…
Parte Arminto con los chicos, un tanto arrepentido. Pregunta a donde quisieran ir, porque el tiene que partir a su tierra, seguramente a luchar contra Augusto, ya que no recibiría su trofeo que era Jesús. Jesús le mira y le dice que él es a quien buscaba, Arminto responde que ya no importa, que ahora lo que interesa es regresarlos a su casa, pero que no podrá acompañarlos, porque tiene que defender a sus gentes.
Jesús le dice que los puede dejar donde una barca los acerque a Alejandría o Atenas, ciudades que admiraron desde la barca aquellos días de iniciada la travesía.
Arminto entonces los lleva a Bari nuevamente, al puerto, Allí paga unas onzas de oro a un capitán de barcaza y le hace comprometer su palabra que los llevará a Alejandría a salvo. El capitán acepta, pero les advierte que ganarán su pan con el trabajo en la nave. Los niños brincan de alegría y antes de subir a la barca, se despiden de Arminto quien deja escapar unas lágrimas, que es raro en un valiente verlas delante de la gente.
Les da una bolsa con provisiones y en la nueva túnica sencilla de Jesús deja una bolsita con unas pepitas de oro y un diminuto diamante por si acaso hiciere falta algo en su travesía de vuelta a casa. Les da un beso, en sus mejillas ya menos bronceadas y se aleja por el muelle de madera, oculta su cara en una capa, para que los niños no observen sus lágrimas, le dice adiós con la mano y se aleja…
El capitán ubica a los pequeños en un cuarto del barco, exclusivo para la tripulación, les dice en tono paternal que deberán compartir su aposento con un marinero experimentado, es su hijo, de nombre Nicolás, de nueve años…
Josué no puede más que sonreír y rascar su cabecita, no sabe que siente, se excita pues deja escapar un si! de alegría, ansiosos de conocer al marinero experimentado, los niños lo buscan por todo lado de la nave. Jesús le dice que no se separen, que deben estar juntos, que ambos irán al mismo lado siempre sin separarse. Buscan muchos minutos, pero no encuentran sino adultos, viajeros, algunos esclavos, que deben ser remeros, cosa que atormenta infinitamente a Jesús, que acaricia las muñecas y tobillos de sus semejantes como queriendo sanar sus heridas inmisericordes. El capitán los llama, les dice que es necesario, que no se acerquen demasiado a ellos porque muchos son delincuentes y podrían asesinarlos. Los niños asienten con sus cabezas. El capitán les ordena ir a ayudar en la suelta de los cabos y amarras, que ya se acerca la hora del zarpe. Y del marinerito de nueve años, no se sabe nada. Han buscado en todos lados menos en el puente de mando, allí donde el capitán, desde la popa ordena a su piloto virar el gigantesco timón de lado a lado según la conveniencia del navegante.
Entonces, intrigados observan como el timón se mueve como si un invisible hombre lo girara, pero están en la proa, bien adelante, así que tendrán que esperar el zarpe para aprender un poco más de este arte. Sueltan las amarras, corren los tripulantes, se oyen gritos y órdenes, atrás, adelante, que las velas, que el ancla, que el timón. Y parte la barcaza con rumbo a Alejandría!
Ahora Jesús y Josué corren de proa a popa desesperados por la curiosidad de encontrarse al marinero experimentado de nueve años. Como dijo que se llamaba dice Josué y Jesús responde de un grito Nicolás! Mientras sube a la cubierta de la popa, donde imponente está el timón. Cuando penetran en esa parte se quedan como hipnotizados, un pequeñuelo de brazos fuertes, con camisita sin mangas (ellos llevaban túnicas, se vieron ridículos frente al pequeño Nicolás), se veía fortachón, de cuello grueso y grandes nalgas, que se veían tan musculosas cada vez que se apoyaba en las tablas para girar el timón, llevaba unas caligas (de ahí el nombre de Calígula, quien nacería curiosamente un año después esta visita de Jesús a Roma, en el año 14), que son como botas militares de los romanos, parecía un adulto en miniatura, pero de espaldas, ellos estaban ansiosos por mirar sus ojos, miras sus labios, su carita… Josué lo imaginó con algo de bigotes, pero no acertaba a decir nada. Jesús más paciente, espero a que pasara el agite del zarpe. Josué no, discreto se acercó… Nicolás giró su cabecita, Josué quedó pasmado! Frente a él ser con los ojos azules más grandes y claros que jamás en su vida vio, un rostro blanco bronceado, surcado por cejas bien delineadas y enmarcado en una gorrita semejante al turbante frigio, apretando los labios mientras daba timonzazos de acuerdo alas órdenes de su padre, el Capitán Frank. Muy cerca del timón, Nicolás señalo firmemente a Josué otro amigo más!
Le dijo en su idioma algo entrecortado –Tómalo, es bueno y se llama Quimera.
Josué, intrigado de como este pequeñito podía hablar sus palabras, su lenguaje, miró de reojo y vio en movimientos emocionados a un peludito ser que jamás en si vida había creído que existiera. Un Hurón, que emitía graciosos chillidos como avisando los datos del viento o acaso, el rumbo tomado…
Jesús se acerca y el animalito, de pelo muy fino y mirada un tanto asustada se le prende en el cuello y se sube a sus hombros, parecía que llevara una bufanda para el frío, pero en movimiento constante. Josué sintió miedo de tocarla, pero el valiente Jesús le puso la mano en el hombro a su amiguito de aventuras y el simpático Quimera uso su brazo de puente, empezando precozmente a lamer la orejita tierna de Josué quien ahora chillaba de forma similar al hurón y todos sonrieron de ver aquella curiosa novedad, un pequeño con carita de inocente tratando de huir de los besos de un peludito animal, que era ayudante del oficial llamado Nicolás, de nueve años y mano derecha de su padre, el capitán frank. Y rumbo a Alejandría, la barcaza de nombre Ganímedes, partió surcando el mar Adriático, pasar por el Canal de Otranto para después llegar al Jónico, atravesar el Mar mediterráneo y dirigirse a Egipto, a Alejandría, donde los niños terminarían su travesía en el Ganímedes.
Pero esta historia apenas acaba de empezar…
Dejemos que corran los días y que los niños, tres a saber Jesús, Josué, y Nicolás con su peludo Quimera, nos cuenten sus lindas bribonadas y sus aventuras a bordo de la barcaza del capitán Frank, quien no sospecha los tesoros que han encomendado en sus manos, que por fortuna son manos de capitán bueno de los mares, con un pequeño piloto que podría decirse, será el guía en el mar del salvador de los hombres.

Continuará…
Palabra de Esteban. Alabado sea el ingenio del hombre.

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